Nudismo al desnudo

Os escribo esto mientras desnudo el viento acaricia todo mi cuerpo, el sol me intenta broncear y algunos lagartos, llamados perenquen, esperan a que les lance comida observándome entre las rocas. Escribo desde la Isla de Gran Canaria, en un domingo previo a grandes cambios.

No es la primera vez que vengo a la Playa del medio Almud, una cala natural en la que una vez intentaron edificar y alguna tardía ley consiguió paralizar semejante naturcidio. La infame huella del hombre marcó la tierra con un camino de alquitrán y vergüenza que hoy sirve de azabache alfombra hasta un resquicio de tranquilidad. Dentro de la cala hay parejas, familias, y culos blancos solteros, todos conviviendo con sus pieles al descubierto. Me recuerda al documental de pingüinos y leones marinos que vi hace unas semanas.

Nudismo al desnudo

La primera vez tarde horas en despojarme de los 20 Euros de tela sintética que cubrían desde mi cintura a medio muslo. Con timidez, y pensando que nadie me miraría, liberé mi escroto del innecesario sudario. A toda la playa le importó poco que comenzase a broncearme sin vergüenza ni inseguridades.

Se dice ir en pelotas porque en castellano antiguo existía el término ir en pellotas, en pieles. Y el hecho de cubrirnos con las de otros animales muertos fue una necesidad ante el frío y la supervivencia. Pero en nuestro mundo actual las pieles están mal vistas y con ropa de otros tejidos ocultamos lo que queremos que se convierta en un tabú.

Junto a mi hay una señora de unos sesenta y largos con una mamectomía, una pareja joven donde él es cuatro veces el volumen de ella, niños corren entre juegos en los que el agua es el centro de interés, señores con barriga, adolescentes con tatuajes, piernas depiladas que dejan entrever modas pasajeras. Penes, tetas, ombligos con pupo como el de Lenny Kravitz, culos peludos, firmes o caídos, personas.

Sólo oímos el oleaje del mar y yo, que os escribo, mis pensamientos. No hay chiringuito que nos de música, no hay comentarios entre los bañistas, no se oyen ni lamentos ni críticas. Hay paz.

Nuestros cuerpos, despojados del consumismo, los prejuicios y de la sexualidad, disfrutan enmudecidos rodeados de la naturaleza. Volver a la vida en la ciudad es un yan que refuerza nuestro yin; disfrazarnos de civilizados es la única manera de recordar de dónde venimos.

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