Me cago en los baños exclusivos para clientes

No me digas que nunca te ha pasado eso de que, de repente, tienes unas ganas increíbles de mear, o hacer un número dos, y te ves en medio de la calle sin más remedio que entrar en un bar a «pedirte algo» para poder usar el baño. Pues yo no sé tú, pero yo me cago en eso.

Esta semana quiero compartir contigo una reflexión totalmente diferente. Y es que los valencianos, igual que los catalanes, hablamos mucho de caca. En el artículo de hoy no quiero hablar de la cremosa de Nutella, sino de la caca tan grande que supone la actitud de los bares y restaurantes ante la negativa a que sus baños sean usados por transeúntes. Un hecho que, venga le vamos a echar unas risas, es más serio de lo que parece.

Es una necesidad sin esperas cuando alguien tiene que abrir compuertas. No se trata de un capricho gorrón y desconsiderado y no entiendo a esos bares que ya, desde la puerta de la calle, anuncian aquello de «Aseos exclusivos para clientes». Trátese de una exclusiva que, oiga, ni aquellas de la Preysler con la revista ¡Hola!.

Se da la situación, y me lo podrás responder en los comentarios de este artículo, que los bares que cuelgan el dichoso cartel tienen una periodicidad de limpieza anual. Si el mayordomo de Pronto pasase el algodón, se le caerían las uñas de los dedos de pura cangrena. Pero sí, el baño es un lujo exclusivo para los clientes. ¡Cágate en la sofisticación!

Me cago en los "baños exclusivos para clientes"
Photo by Tina Bosse on Unsplash

Será pura casualidad, no lo sé, pero muchos de los bares que consiguen un 10 en la escala del horribilis potabundus son bares traspasados. ¿Por qué se da eso? Pues ni idea, ya te digo. No entiende de nacionalidades porque los encuentras regentados por chinos, españoles, árabes en general, pero siempre traspasados en particular. Debe haber alguna cláusula en el contrato que les impide reformar el baño y/o pasar una esponja con lejía en 4 años.

Y yo, que soy muy mirado con eso de dónde aterrizan mis nalgas, forraría la taza de ese aseo cual libro escolar de la EGB antes de que uno siquiera de los vellos de mi precioso culo la tocase. Pero si hay necesidad, uno se sienta hasta sin mirar si el anterior visitante limpio las marcas de frenada.

Ex-clu-si-vo. Ya te digo que que parece que vas a entrar en una zona VIP del Hotel Mandarin Oriental: amorcillos tocando la trompeta, música de arpa y papel del culo de quíntuple capa con toallas de algodón egipcio. O lo que es lo mismo: jabón de manos del Día, escobilla ponzoñosa con más horas de vuelo que un piloto de Avianca y un ambientador de coche reseco que hace las funciones de bouquet de flores.

Te dan ganas de hacer un «Money Heist» cagalero y meterte de estrangis, encerrarte, y en lugar de imprimir billetes, soltar mojones como si no hubiera un mañana, cuantos más días mejor.

Para los clientes. Porque claro, cuando entras y pides la contraseña de la cerradura te miran mal y te recuerdan que si no te tomas una café, allí no caga ni Dios. Te dan ganas de hacer un «Money Heist» cagalero y meterte de estrangis, encerrarte, y en lugar de imprimir billetes, soltar mojones como si no hubiera un mañana, cuantos más días mejor.

Los hay más listos, así es un conocido mío entra diciendo: «mira es que soy diabético, ¿te importa si entro a chutarme la insulina?». Y el muy cabrón no ha tenido una subida de azucar en su vida. Pero ese es el ábrete retrete de los Alibabás y los 40 cagones que le funciona. Cada uno tiene el suyo y es un rollo Robin Hood del tualete. Robas a los ricos para sacar un zorete con dignidad.

Con otra amiga, que en este caso no diré que es Noémie para preservar su identidad, ideamos una guía de restauración de Barcelona que en lugar de puntuar la cocina puntuase el baño. ¡Hay una puñetera conexión entre la esponja que limpia los platos y la que limpia el retrete! Concretamente para algunos restauradores es la misma. Si la higiene del cagadero es ninguna, imagínate la de la cocina.

Es por eso que desde hace años he decidido que si un bar tiene colgado aquello de «sólo para clientes», no entro. Pura y llánamente me niego a consumir en un sitio que consideran exclusividad la humanidad de dejar a alguien soltar un meo. Y sus motivos tendrán, principalmente porque mucha gente usa el baño y lo deja echo un asco. Pero créame señor reataurador que me pueda estar leyendo en este momento. Si alguien necesita su lavabo con urgencia, no será el guarro que le mee fuera de la taza; esos serán sus clientes exclusivos.

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