La racionalidad del miedo

Para hablar de la racionalidad del miedo, empezaré por un caso en el año 1983 en el que se incendió una discoteca con 600 personas dentro. Por varios fallos, de seguridad y prevención de incendios, fallecerion 83 personas y 27 resultaron heridas. Recuerdo que, cuando era niño, me sorprendió que la mayoría de las personas que murió, lo hizo durante la avalancha que taponó la salida. Quizá, porque cuando eres niño, el mundo nos parece más simple y no lo entendí.

Eran las 4:45 de la madrugada de un 17 de diciembre. La gente bebía y fumaba y bailaba. Pelos cardados, cinturones de grandes hebillas y toda la música de esos incipientes años 80 se reunían bajo el techo de Alcalá 20. Ninguno de los asistentes sabría qué esa noche, a pocos días de Navidad, se verían envueltos en llamas. Si les hubieras preguntado a cada uno de ellos te hubieran dicho que, en un acto de civismo, saldrían de manera ordenada tratando de salir del local con el máximo total de vidas posibles. En cambio, cuando el fuego se hizo visible, salieron todos al tropel matándose entre pisotones, codazos, arañazos y golpes de puño.

En situaciones de pánico, en nuestro cerebro, manda la supervivencia. Un instinto irracional, o no, que tratará de proteger nuestra vida a toda costa. Este último matiz, incluye la vida de uno mismo sobre la vida de los más fuertes, los más débiles, y todos los que queden por el medio.

Sería injusto culpar a alguien por ese comportamiento y, muchas condenas por homicidio, se ven reducidas cuando queda provado, el contexto en el que el homicida se encontraba en una situación de pánico por supervivencia. Un ejemplo más de la racionalidad del miedo.

Y esto no sólo se ciñe a catástrofes o accidentes, también a paranoias e histerias colectivas. No hace falta nada más que 10 minutos de García Ferreras para que su sensacionalismo y falta de temas de actualidad que contar, nos haga a todos sentir que tosemos de más, que nos duele la garganta, que quizá tenemos unas décimas de fiebre.

Cuando hace unos días mi landlord me pedía que comprobase si había papel higiénico en cualquier súper por el que pasase, no me podía imaginar que el miedo a una cuarentena, por muy remota que fuera o no, podría acabar con estanterías vacías. Que uno de los productos estrella sean el papel del culo, no deja de sorprendernos a todos (a mi el primero).

Anoche, antes de entrar al supermercado, estaba al teléfono con una de mis mejores amigas que vive en Boston. Le comentaba que, curiosamente, a la salida del súpermercado no paraba de ver a gente abrazada a paquetes enormes de papel higiénico. A sabiendas de lo que mi compañero me había comentado, intuí que las estaterías estarían como podéis ver en la foto superior.

En el momento de la compra noté que la mayoría de las estanterías estaban vacías pero que, al mismo tiempo, los reponedores del supermercado colocaban nuevo producto sin parar. Era tan peculiar y estúpido como suena. El chico de mi foto tomó la misma imagen segundos antes que yo.

La racionalidad del miedo :: Por Robert Barber

A manos llenas, como si se tratasen de ancianos carroñeando paraguas en el FITUR, podíamos observar como decenas de personas jóvenes se llevaban todos los imperecederos posibles. El supermercado decidió colocar ciertas notas de aviso reclamando que, por favor, «pensasen antes de comprar». Santa inocencia de la mentalidad británica que son capaces de poner un cartel en el que diga «no robar» y esperar que la gente no robe. Los británicos son conocidos por la racionalidad del miedo, como aquél histórico «Keep the calm and carry on»; un poster motivacional que en 1939 usó el gobierno británico para apelar al sentido común ante los bombardeos de la segunda guerra mundial nazi. Pero ante la necesidad de cagar, parece ser, no hay carteles disuasorios que se basten. Si me he de quedar encerrado en casa, que al menos el ojete lo tenga bien lustroso.

No seré de los que minimizen el problema de este virus tan contagioso, pero tampoco quiero contribuir a la paranoia que se está generando respecto a una posible escasez de alimentos o productos básicos. Quizá porque aún no veo el fuego, no corro hacia la salida, como todos aquellos inocentes que perecieron en la discoteca madrileña. Pero si veo el fuego, si temo que mi vida o la de quienes me rodean, está en peligro, pensaré.

Honestamente, como lleguemos a una situación de aislamiento, de lo que me preocuparé es de las personas que se queden solas. En ese caso ya te puedes limpiar el culo con lo que sea, que lo pasarás mal si no tienes a nadie con quien compartirlo.

Sí, pensar es lo que hay que hacer. No hay que calentarse la cabeza, no hay que alarmarse, hay que ser racionales. Eso es la racionalidad del miedo, y no como aquellos que se van a Liverpool a ver un partido de fútbol, sin pensar en las consecuencias de un viaje innecesario. Pensar en que, sea como sea que esta pesadilla acabe, sólo sobreviviremos si somos racionales, y no corremos en tropel hacia la salida hasta taponarla. Espero que esto se haya entendido.

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