Año tres: tres bien

Comprando pollo en Caprabo empezó aquél viaje. Las cosas inesperadas son las que siempre se disfrutan más. Bien es cierto que cuando deseamos algo nos emperramos en que salga como queremos, o nos castigamos de forma previa para “prepararnos para lo peor. Al final el pollo sale como le da la gana porque, aunque cocines controlando el fuego, los ingredientes, o te pongas a rezarle a San Antonio de Pádua, todo se puede echar a perder por sí solo.

Año tres: tres bien

Tuve suerte y ese pollo salió estupendísimo, resultado de la improvisación de una receta que ni recuerdo ni recordaré jamás. Quizás, si algún día cae en mis manos una máquina del tiempo, viajaré al pasado para intentar copiarme aquél éxito. De todos modos, insistiendo sobre el que las cosas salgan bien porque se tiene un método (receta), diré que la casualidad es la mejor aliada de lo espontáneo.

¿Que qué tal mi viaje? La verdad es que también salió bien. Pude visitar el norte, el sur, el sur y subir al norte, e incluso encontrar una segunda familia en todo aquello. Nada planeado pero todo un planazo. También es verdad que, como dice un amigo mío “a toro pasado, cojón visto”. Me cuesta recordar las cosas que perdí en aquél tour, sólo recuerdo las que encontré.

Salió bien, sí… quizás el pollo no estaba bien “depilado”, suelo quemarlo un poco con la llama de la cocina (como si se tratase de un soplete). Con eso consigo que desaparezcan de su piel plumas y pequeños “pelos” que no son muy agradables de ver cuando se emplata y se sirve.

Durante el viaje eché de menos a los míos. La verdad es que no me considero una persona especialmente familiar pero… qué cojones amo a mi familia. Me hubiera gustado que en aquél viaje estuvieran más conmigo. Quizás fue mi culpa, o quizás esa improvisación no incluía un mejor análisis de la situación. Fuera por lo que fuera… la perfección no existe, pero la imperfección no debe excluir a tu propia familia.

¡Pelillos a la mar! En mi viaje aprendí a amar mejor, aprendí idiomas, descubrí otra cultura, me hice más viejo. Sí, esos tres años me hicieron envejecer más de lo esperado. Mirándome en el espejo aprecié que mi mirada parecía más cansada. Los ojos se veían como hundidos, menos brillo diría. Habían unas pequeñas arruguitas que se derramaban desde mi ojo en clara dirección hacia mi pómulo.

Las arruguitas, tímidas, se iban cuando pasaba mi dedo sobre ellas, cuando destensaba la piel volvían a estar ahí. ¿Cuál era el origen de esas marcas? ¿Cansancio por el viaje? ¿Quizás me hacía falta beber más agua? ¿O es que …? ¡Un momento! Al sonreír esas arrugas se hacían más grandes. ¡Me estaba arrugando por ser feliz! Bendita maldición.

Con algo de descanso mis ojos volverían a tener brillo, y con algo de paciencia podría apuntar en algún sitio las recetas que me salen bien (aún improvisadas). ¿Respecto a viajar más? ¡Por supuesto! Pero esta vez mi familia se vendrá conmigo.

El pollo, mis viajes y mis ojos, los tres, los tres están bien.

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