El Santito (CAP 1)

Él era pelirrojo, pecoso, y extremadamente nervioso. No era de la ciudad, sino de un pequeño pueblo a unos 20 kilómetros de donde estudiábamos.

He de decir en primera instancia que era, o es, una muy buena persona. Sí, era muy bueno al menos aquel tiempo en el que le conocí. En cambio había algo en él que hacía que los demás lo juzgaran como alguien malo.

Foto de a_marga @Flickr

Foto de a_marga @Flickr

Nosotros éramos alumnos de séptimo año de la  EGB. La palabra con la que le bautizaban los adultos era: “Travieso”. Nosotros como niños entendíamos que era una persona mala.
Ese matiz de intención que nos hace ser malos o traviesos no se aprecia hasta cuando uno es adulto.

Recuerdo que me miraba siempre con sus ojos vivos, grandes y marrones. Me miraba esperando a que yo dijese alguna cosa. Creo que en el fondo yo le caía bien. En cambio mi actitud con él fue siempre más bien distante, porque me decían que era malo, y yo me tenía que portar bien. No me debía dejar influenciar.

Yo era rubiete, de piel clara y un carácter educado, reservado… Aunque sí que era de la ciudad mis padres me dejaban poco tiempo libre en ella. Recuerdo con claridad cuando me sacaban del colegio con el coche, y me llevaban a la casa de campo a pasar todo el fin de semana.

Mis padres se esforzaron en que pareciese una buena persona, que tratase de usted a los adultos y diese ejemplo de buenas maneras. Fue un gran trauma para mi, cuando mi madre ese mismo año me había obligado a cortarme el pelo tan corto que desapareció el rubio de mi cabeza.

Buen chiquillo, decían de mi. Para mi era una recompensa a la actitud que todos esperaban. Para algunos de mis compañeros yo era alguien aburrido, mimado por mi buen comportamiento.
Eso es algo que no entiendes hasta que eres adulto y asumes que ser bueno para unos, no lo implica para otros.

Recuerdo que miraba al demonio pelirrojo y tenía miedo a que me dijera algo malo. Pero a pesar de eso nunca fue grosero conmigo, ni me gastó ninguna broma pesada. En el fondo creo que le admiraba. En cambio su actitud a veces era injusta, pues me veía como alguien bueno y, comparado con él. Yo era “El Santito”.

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