Un año en ayuno epistolar

Ha pasado un año desde mi última entrada en el blog. El hábito de escribir hace al monje y yo he estado justificadamente un poco despendolado tratando de entender dónde encajo yo ahora. Entre redes sociales y jerigonzas que creía no comprender me doy cuenta de que el que no encaja aquí eres tú.

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¿Estás programado para el año nuevo?

Nos marcamos la barrera del 1 de enero esperando enmendar aquello que hicimos los 365 días de antes. La dieta, el vicio o cualquier perversión que hemos retenido durante 52 semanas deberán ser saldadas antes del día 7 en aras de cambiar nuestra vida a mejor. Por cierto ¿has comprado ya los regalos de Reyes? ¿Has subido tus fotos navideñas a Facebook? ¿Has empezado a dieta? ¿A qué centro comercial irás a comprar en rebajas?
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Poquet a poquet

La vida no es otra cosa que un estado temporal de paciencia en el que, sin más espera, nos aguarda un salto al vacío del que no sabemos nada. La vida es un camino, la vida es una vereda, la vida es un “de paso” (y se pasa en cuatro días), la vida es un regalo, la vida es maravillosa, la vida se vive deprisa, la vida hay que vivirla, sólo se vive una vez, la vida es una constante lucha.
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Año tres: tres bien

Comprando pollo en Caprabo empezó aquél viaje. Las cosas inesperadas son las que siempre se disfrutan más. Bien es cierto que cuando deseamos algo nos emperramos en que salga como queremos, o nos castigamos de forma previa para “prepararnos para lo peor. Al final el pollo sale como le da la gana porque, aunque cocines controlando el fuego, los ingredientes, o te pongas a rezarle a San Antonio de Pádua, todo se puede echar a perder por sí solo.

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Año dos: los pecados

Llegué aquél día con la sonrisa algo tonta y mi compañera de trabajo me miraba de forma inquisidora. Cuando finalmente me interrogó qué me pasaba, me apresuré a preguntarle si es que hacía mala cara o qué. Su definición de cutis-de-haber-follado-bien me caló hondo. Yo no sospechaba que los cuatro polvos de la noche anterior, y el quinto que no pudimos acabar, fuera algo visible en la luminosidad de mi cara.
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Año uno: tras la puerta

Recuerdo el olor de aquél friegasuelos de olor a pino. El suelo de linóleo era algo nuevo para mi, me producía entre decepción por tener un suelo de verdad y asco por su tacto gomoso y un tanto pegajoso. Durante varios días estuve limpiando todo de manera compulsiva, quería que aquella estancia tuviese mi esencia, y no la de otras personas que hubiera vivido allí antes que yo. Recuerdo a Dolores O’Riordan con algún álbum antiguo de The Cranberries, y una especie de nostálgia céltica que no alcanzaría a llamar morriña, sino algo superior a ella. Interrumpida la canción por los contínuos entrares y salires de los vecinos, aquél apartamento en la planta baja del oscuro edificio sería mi caja de resonancia. + Más información

Abril, cerral: se acabó un ciclo

Un mes de junio de hace 11 años o algo así cogí un macuto y puse ropa para tres días. Un imbécil me dijo que era un fracasado y que no haría nada útil en mi vida, y esas palabras que se me grabaron en la nalga a fuego, me sirvieron de reactivo para huir hacia adelante. Dejé a mi pequeño Pau con mis padres, me compré un billete barato a Barcelona, y empecé una nueva vida. Lo que nunca os conté hasta hoy, os lo contaré a partir de ahora:
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El último día….

El último día la sonrisa baila un tango con tu garganta,
Tragas lágrimas con disimulado gesto,
Y paseas tu alma desprendida del cuerpo. + Más información

Ser escritor, ser especial

Érase una vez un editor que dijo que en tiempos de crisis la gente desempolvaba antiguos textos que querían publicar,  como una fuente de ingresos ante la necesidad, como una salida a la pobreza desde la intelectualidad, o simplemente como un depósito a plazo fijo a sacar del banco de la memoria. Estoy de acuerdo.

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La fase anal

“El placer que siento en mi culo no es normal, ¡qué gran placer siento!. Es curioso porque no debo ser el único: cuando voy en el metro, en el tren, o montando a caballo en algún anuncio de compresas, mi ano goza de manera sobrehumana, entonces veo a mi alrededor anoque la gente asiente con una sonrisa de complicidad. Sí, es un placer desde el mismísimo hojaldre, que trepa por mi espalda, se enraíza en mis cabellos y sale expelido a modo de orgasmo cósmico por mi boca. Soy afortunado porque como hombre estoy bien educado, y como mujer, pues no. Pero mi culo no tiene género, ni número, ni un rey sin reino. Mi ano se llama España.”
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