robert barber

La racionalidad del miedo

En el año 1983 se incendió una discoteca con 600 personas dentro. Por varios fallos, de seguridad y prevención de incendios, fallecerion 83 personas y 27 resultaron heridas. Recuerdo que, cuando era niño, me sorprendió que la mayoría de las personas que murió, lo hizo durante la avalancha que taponó la salida. Quizá, porque cuando eres niño, el mundo nos parece más simple y no lo entendí.

Eran las 4:45 de la madrugada de un 17 de diciembre. La gente bebía y fumaba y bailaba. Pelos cardados, cinturones de grandes hebillas y toda la música de esos incipientes años 80 se reunían bajo el techo de Alcalá 20. Ninguno de los asistentes sabría qué esa noche, a pocos días de Navidad, se verían envueltos en llamas. Si les hubieras preguntado a cada uno de ellos te hubieran dicho que, en un acto de civismo, saldrían de manera ordenada tratando de salir del local con el máximo total de vidas posibles. En cambio, cuando el fuego se hizo visible, salieron todos al tropel matándose entre pisotones, codazos, arañazos y golpes de puño.

En situaciones de pánico, en nuestro cerebro, manda la supervivencia. Un instinto irracional, o no, que tratará de proteger nuestra vida a toda costa. Este último matiz, incluye la vida de uno mismo sobre la vida de los más fuertes, los más débiles, y todos los que queden por el medio.

Sería injusto culpar a alguien por ese comportamiento y, muchas condenas por homicidio, se ven reducidas cuando queda provado, el contexto en el que el homicida se encontraba en una situación de pánico por supervivencia.

Y esto no sólo se ciñe a catástrofes o accidentes, también a paranoias e histerias colectivas. No hace falta nada más que 10 minutos de García Ferreras para que su sensacionalismo y falta de temas de actualidad que contar, nos haga a todos sentir que tosemos de más, que nos duele la garganta, que quizá tenemos unas décimas de fiebre.

Cuando hace unos días mi landlord me pedía que comprobase si había papel higiénico en cualquier súper por el que pasase, no me podía imaginar que el miedo a una cuarentena, por muy remota que fuera o no, podría acabar con estanterías vacías. Que uno de los productos estrella sean el papel del culo, no deja de sorprendernos a todos (a mi el primero).

Anoche, antes de entrar al supermercado, estaba al teléfono con una de mis mejores amigas que vive en Boston. Le comentaba que, curiosamente, a la salida del súpermercado no paraba de ver a gente abrazada a paquetes enormes de papel higiénico. A sabiendas de lo que mi compañero me había comentado, intuí que las estaterías estarían como podéis ver en la foto superior.

En el momento de la compra noté que la mayoría de las estanterías estaban vacías pero que, al mismo tiempo, los reponedores del supermercado colocaban nuevo producto sin parar. Era tan peculiar y estúpido como suena. El chico de mi foto tomó la misma imagen segundos antes que yo.

La Mirada Bizca, blog de Robert Barber

A manos llenas, como si se tratasen de ancianos carroñeando paraguas en el FITUR, podíamos observar como decenas de personas jóvenes se llevaban todos los imperecederos posibles. El supermercado decidió colocar ciertas notas de aviso reclamando que, por favor, «pensasen antes de comprar». Santa inocencia de la mentalidad británica que son capaces de poner un cartel en el que diga «no robar» y esperar que la gente no robe. Y si que es verdad que hay un histórico «Keep the calm and carry on»; un poster motivacional que en 1939 usó el gobierno británico para apelar al sentido común ante los bombardeos de la segunda guerra mundial nazi. Pero ante la necesidad de cagar, parece ser, no hay carteles disuasorios que se basten. Si me he de quedar encerrado en casa, que al menos el ojete lo tenga bien lustroso.

No seré de los que minimizen el problema de este virus tan contagioso, pero tampoco quiero contribuir a la paranoia que se está generando respecto a una posible escasez de alimentos o productos básicos. Quizá porque aún no veo el fuego, no corro hacia la salida, como todos aquellos inocentes que perecieron en la discoteca madrileña. Pero si veo el fuego, si temo que mi vida o la de quienes me rodean, está en peligro, pensaré.

Sí, pensar es lo que hay que hacer. No hay que calentarse la cabeza, no hay que alarmarse, hay que ser racionales. Y no como aquellos que se van a Liverpool a ver un partido de fútbol, sin pensar en las consecuencias de un viaje innecesario. Pensar en que, sea como sea que esta pesadilla acabe, sólo sobreviviremos si somos racionales, y no corremos en tropel hacia la salida hasta taponarla. Espero que esto se haya entendido.

Lengua minorizada

Hace semanas que este tema me ronda en la cabeza. Quizá porque he estado en Xàtiva, visitando a mi familia y he vuelto a hablar en valenciano y, de nuevo he visto esa situación anómala e incómoda en la que te tienes que disculpar por hablar valenciano. Ese anecdótico, pero quizá demasiado consuetudinario, me devolvió a esa sensación de que el valenciano se habla con la familia. Los eventos posteriores han querido que vuelva a ser un tema político, germen de disputas y tapadera de problemas reales.

En un contexto en el que Pedro Sánchez gana por los pelos unas elecciones, una derecha de penosa verborrea, se dedica a usar lenguajes propios de cualquier tarde en Telecinco. Un Abascal por un Matamoros, una Cayetana por una Karmele. Si el debate de investidura hubiera durado dos tardes más, hubiésemos tenido a Casado haciéndonos un «Hombres, mujeres, y viceversa». 

El tema de Catalunya ya está muy trillado. No hemos hablado y ‘mal hablado’ de eso lo suficiente, aparentemente. Lástima, lo digo con ironía señor juez, que no tengamos ETA como tema de sobremesa. Ahora toca hora de desempolvar viejos temas. Le ha tocado a la imposición lingüística.

Se leía hace semanas, en un diario de derechas, que la gente salía a la calle a protestar porque en zonas castellanoparlantes se imponía el valenciano. Una ley lingüística, que sale de un gobierno de coalición de izquierdas, iba a obligar a sus hijos a aprender valenciano, que “según algunos” es lo mismo que el catalán y por lo tanto la lengua de Torra, Puigdemont y quizá de Voldemort.

Con la premisa de «aquí nunca se habló valenciano» o la de “es una lengua que no sirve para nada”, quieren reivindicar su derecho a no aprender. Un derecho que creo que es legítimo, especialmente si uno decide ser un ignorante. Pero quitarle a los hijos el derecho a acceder a un conocimiento es, lo diré sin tapujos, de mal padre y mala madre.

Photo by Kristina Flour on Unsplash
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Aprender una lengua como el valenciano, o catalán según Voldemort, no hace otra cosa sino ampliar los conocimientos de la persona. Cuando hablas dos lenguas romances, puedes aprender una tercera y una cuarta con una facilidad pasmosa. Así, por ejemplo fue tremendamente fácil para mi aprender francés, y de hecho lo hice de manera autodidacta.

Pero aprender valenciano permite, además, trabajar en Catalunya o Balears, será un capricho abusurdo de las administraciones, o el derecho de cerca de 13 millones de personas que no quieren ver su lengua reducida al uso doméstico.

¿Más ventajas? Si eres de una zona castellanohablante, podrás irte a las zonas valencianoparlantes y entender no sólo sus palabras sino parte de su cultura y tradiciones. Eso se traduce en una buena relación con tu vecino, pero además oportunidades económicas y de desarrollo. Y seguro que hay muchísimas más ventajas, pero como ha perdido el PP y Vox quiere seguir creciendo, es hora de sacar del armario ese “cadáver exquisito” llamado imposición lingüística.

No hace mucho tiempo el Partido Popular fletaba autobuses, como esos que ofrecen mantas a los jubilados para venderles negocios piramidales, con la intención de reivindicar más agua para Alicante y Murcia. La guerra del agua, que básicamente consistía en traer el agua desde Catalunya hasta el sur. Daba igual que saliese más cara que regar los campos con agua de Vichy, era un motivo de guerra con la izquierda y, de paso, con los perfidos catalanes.

Cuando a la extrema derecha y la ultraderecha les urge volver a rascar votos, la mejor idea que tienen es la de generar polémicas, crispar a la gente y romper cualquier reconciliación que no les resulte rentable. Por eso mismo Pablo Casado está haciendo bueno y noble a Aznar.

Lo del pin parental, llámenle como le salga de los collons, debe ser un número de cuatro cifras, concretamente 1936. Con un regusto a Valle de Los Caídos profanado y un Ofrendar Nuevas Glorias a España. Una propuesta que llama a dar a los padres la potestad de extraer a sus hijos de la educación del maestro y sepultarlos en la ignorancia de quien no debe pensar por sí mismo. 

Queridos padres preocupados por la educación liberal. Si su hijo es heterosexual, no chupará penes contra su voluntad y si su hija es más facha que el abuelo, ningún maestro de escuela conseguirá convencerle de lo contrario. 

Para el PP el valenciano es una excelente herramienta de recaudación de votos y si donde dije digo, digo Diego, la misma ley que aprueban unos, no la pueden aplicar los otros. Al final hace que el valenciano no sirva para unir, sino para confrontar. Es un ejercicio, este el de la extrema derecha y la ultraderecha, que desempolva confrontamientos del 36.

El valenciano molesta en las rotulaciones exteriores, porque la gente de fuera no lo entiende. Los valencianoparlantes también hablan castellano (o Español como prefieren), no lo necesitan en las administraciones. Televisión pública en valenciano, un despilfarro, mejor montar un “Murcia qué hermosa eres” o traer la Fórmula uno. Aunque la gracia está en reivindicar hospitales y colegios, pero que hablen en español.

“El valenciano es una lengua para pasar vergüenza porque sólo se habla en las familias, en los pueblos y es innecesaria. Es una lengua que no tiene futuro y una carga lectiva para los niños”. Quizá convencer a esos padres que no quieren ser convencidos de otra cosa es misión imposible, pero negarles a sus hijos ese derecho, como ya he dicho, es de ser unos malos padres.

Conjuga el verbo ‘Ser Sexy» en presente del indicativo con tu pareja

Hace unos días una vieja amiga compartía conmigo su felicidad al volver a enamorarse después de una larga relación. Quizá porque después de una relación que no fue muy bien tenemos nuestras necesidades más a flor de piel, somos capaces de ver y valorar de manera diferente. Dijo algo que me pareció muy interesante:

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La soledad no se ve, pero no es invisible

Todo el mundo se ha sentido sólo alguna vez en la vida. Aquellos que tenéis bebés sabéis bien qué es eso; lloran y lloran y encontrar el equilibrio entre su ansiedad y evitar la dependencia se hace muy difícil. A los adultos nos pasa exáctamente lo mismo, sólo que con la racionalidad que le falta al bebé, nos podemos ver avocados al bloqueo o la depresión.

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Brexit does not mean Brexit (I)

El voto democrático de un referendum sirve para darles a los ciudadanos el poder. Es una herramienta que devuelve el control a las personas y que sirve para escoger la decisión que beneficia al bien común, ¿o no?
Quiero contaros, como residente en el Reino Unido, cómo veo yo todo este desastre que, en estos días, no tiene visos de acabar bien.
*Aviso a navegantes, este artículo contiene palabrotas.

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¿Y si no te merezco?

Si no te merezco buscaré en los mil añicos de mi ser,
en cada una de las oportunidades que no volveré a perder.

Si no te merezco me levantaré del suelo para luchar,
me desharé de todo aquello que no deseo arrastrar,
avanzaré ligero, con paso firme, hasta un mejor lugar.

Si no te merezco reconstruiré caminos para andar,
derribaré cada uno de los muros que no me dejaban pasar.

¿Y si me merezco a alguien? Ese soy yo.
Me merezco en libertad,
en auténtico verso libre,
en días de lunes sin sol,
en noches de lágrimas porque sí,
en compañía de nadie, y de todos.

Me merezco morder la manzana,
imprimir cada uno de mis versos,
navegar de isla en isla,
o conquistar todo un continente.

Y si no nos merecemos,
míremonos a los ojos como aquella primera vez,
recordando lo bonito que construimos,
dejando atrás los imposibles que nos hicieron sufrir.

Y si nos merecemos algo,
nos merecemos sonreír,
porque lo material arde en fuego,
pero lo vivido ya es eterno.

Qué signfica realmente que cancelen tu serie preferida

Cada vez es más frecuente ver cómo Netflix nos corta las series que nos gustan. Pasó con Sense8, también con The OA, y seguirá pasando con muchas de esas que nos parecen obras maestras pero, por justificaciones que no nos convencen, pasan por la guillotina de las gigantes multinacionales que gestionan la cultura audiovisual.

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Disculpa mi aspecto, pero hoy no tengo otro

La verdad es que no llevo muy bien el tema de las modas y eso, quieras que no, pasa factura. Especialmente cuando estás más cerca de los cuarenta que de los veinte. Siento que en mi generación, los hombres, tenemos que pedir disculpas continuamente por algo que nunca fuimos.

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Un año en ayuno epistolar

Ha pasado un año desde mi última entrada en el blog. El hábito de escribir hace al monje y yo he estado justificadamente un poco despendolado tratando de entender dónde encajo yo ahora. Entre redes sociales y jerigonzas que creía no comprender me doy cuenta de que el que no encaja aquí eres tú.

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¿Estás programado para el año nuevo?

Nos marcamos la barrera del 1 de enero esperando enmendar aquello que hicimos los 365 días de antes. La dieta, el vicio o cualquier perversión que hemos retenido durante 52 semanas deberán ser saldadas antes del día 7 en aras de cambiar nuestra vida a mejor. Por cierto ¿has comprado ya los regalos de Reyes? ¿Has subido tus fotos navideñas a Facebook? ¿Has empezado a dieta? ¿A qué centro comercial irás a comprar en rebajas?
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