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Lengua minorizada

Hace semanas que este tema me ronda en la cabeza. Quizá porque he estado en Xàtiva, visitando a mi familia y he vuelto a hablar en valenciano y, de nuevo he visto esa situación anómala e incómoda en la que te tienes que disculpar por hablar valenciano. Ese anecdótico, pero quizá demasiado consuetudinario, me devolvió a esa sensación de que el valenciano se habla con la familia. Los eventos posteriores han querido que vuelva a ser un tema político, germen de disputas y tapadera de problemas reales.

En un contexto en el que Pedro Sánchez gana por los pelos unas elecciones, una derecha de penosa verborrea, se dedica a usar lenguajes propios de cualquier tarde en Telecinco. Un Abascal por un Matamoros, una Cayetana por una Karmele. Si el debate de investidura hubiera durado dos tardes más, hubiésemos tenido a Casado haciéndonos un «Hombres, mujeres, y viceversa». 

El tema de Catalunya ya está muy trillado. No hemos hablado y ‘mal hablado’ de eso lo suficiente, aparentemente. Lástima, lo digo con ironía señor juez, que no tengamos ETA como tema de sobremesa. Ahora toca hora de desempolvar viejos temas. Le ha tocado a la imposición lingüística.

Se leía hace semanas, en un diario de derechas, que la gente salía a la calle a protestar porque en zonas castellanoparlantes se imponía el valenciano. Una ley lingüística, que sale de un gobierno de coalición de izquierdas, iba a obligar a sus hijos a aprender valenciano, que “según algunos” es lo mismo que el catalán y por lo tanto la lengua de Torra, Puigdemont y quizá de Voldemort.

Con la premisa de «aquí nunca se habló valenciano» o la de “es una lengua que no sirve para nada”, quieren reivindicar su derecho a no aprender. Un derecho que creo que es legítimo, especialmente si uno decide ser un ignorante. Pero quitarle a los hijos el derecho a acceder a un conocimiento es, lo diré sin tapujos, de mal padre y mala madre.

Photo by Kristina Flour on Unsplash
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Aprender una lengua como el valenciano, o catalán según Voldemort, no hace otra cosa sino ampliar los conocimientos de la persona. Cuando hablas dos lenguas romances, puedes aprender una tercera y una cuarta con una facilidad pasmosa. Así, por ejemplo fue tremendamente fácil para mi aprender francés, y de hecho lo hice de manera autodidacta.

Pero aprender valenciano permite, además, trabajar en Catalunya o Balears, será un capricho abusurdo de las administraciones, o el derecho de cerca de 13 millones de personas que no quieren ver su lengua reducida al uso doméstico.

¿Más ventajas? Si eres de una zona castellanohablante, podrás irte a las zonas valencianoparlantes y entender no sólo sus palabras sino parte de su cultura y tradiciones. Eso se traduce en una buena relación con tu vecino, pero además oportunidades económicas y de desarrollo. Y seguro que hay muchísimas más ventajas, pero como ha perdido el PP y Vox quiere seguir creciendo, es hora de sacar del armario ese “cadáver exquisito” llamado imposición lingüística.

No hace mucho tiempo el Partido Popular fletaba autobuses, como esos que ofrecen mantas a los jubilados para venderles negocios piramidales, con la intención de reivindicar más agua para Alicante y Murcia. La guerra del agua, que básicamente consistía en traer el agua desde Catalunya hasta el sur. Daba igual que saliese más cara que regar los campos con agua de Vichy, era un motivo de guerra con la izquierda y, de paso, con los perfidos catalanes.

Cuando a la extrema derecha y la ultraderecha les urge volver a rascar votos, la mejor idea que tienen es la de generar polémicas, crispar a la gente y romper cualquier reconciliación que no les resulte rentable. Por eso mismo Pablo Casado está haciendo bueno y noble a Aznar.

Lo del pin parental, llámenle como le salga de los collons, debe ser un número de cuatro cifras, concretamente 1936. Con un regusto a Valle de Los Caídos profanado y un Ofrendar Nuevas Glorias a España. Una propuesta que llama a dar a los padres la potestad de extraer a sus hijos de la educación del maestro y sepultarlos en la ignorancia de quien no debe pensar por sí mismo. 

Queridos padres preocupados por la educación liberal. Si su hijo es heterosexual, no chupará penes contra su voluntad y si su hija es más facha que el abuelo, ningún maestro de escuela conseguirá convencerle de lo contrario. 

Para el PP el valenciano es una excelente herramienta de recaudación de votos y si donde dije digo, digo Diego, la misma ley que aprueban unos, no la pueden aplicar los otros. Al final hace que el valenciano no sirva para unir, sino para confrontar. Es un ejercicio, este el de la extrema derecha y la ultraderecha, que desempolva confrontamientos del 36.

El valenciano molesta en las rotulaciones exteriores, porque la gente de fuera no lo entiende. Los valencianoparlantes también hablan castellano (o Español como prefieren), no lo necesitan en las administraciones. Televisión pública en valenciano, un despilfarro, mejor montar un “Murcia qué hermosa eres” o traer la Fórmula uno. Aunque la gracia está en reivindicar hospitales y colegios, pero que hablen en español.

“El valenciano es una lengua para pasar vergüenza porque sólo se habla en las familias, en los pueblos y es innecesaria. Es una lengua que no tiene futuro y una carga lectiva para los niños”. Quizá convencer a esos padres que no quieren ser convencidos de otra cosa es misión imposible, pero negarles a sus hijos ese derecho, como ya he dicho, es de ser unos malos padres.

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