Lo que es diferente, o nos fascina, o nos asusta

Para hablar de lo que es diferente, recordaré aquella que vez tuve una reunión con una persona que estaba transicionando de hombre a mujer. Fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Escucharle hablar de su por qué, con una absoluta normalidad, era maravilloso. Ella no tenía ningún motivo por el cuál justificarnos nada a nadie de los que estábamos en esa cena, pero compartió su pensamiento y experiencia y nos regaló su sabiduría. Ella tenía 17 años, yo tenía 37.

De aquél día sólo puedo decir que no entiendo, no comprendo, como tu cerebro te puede decir que eres una mujer cuando físicamente no lo eres (o viceversa). Lo he intentado mil veces, no puedo. En cambio, no tengo ningún atisbo de duda en decir que tengo absoluto respeto, apoyo y admiración, hacia aquellas personas que están en esa situación.

Que yo no me pueda poner bajo su piel, pero que lo acepte, es en esencia lo que vendríamos a llamar respeto. Porque respetar nada más aquello que sí podemos entender, no sólo es vago pero además es injusto.
Y aprovecho esto para decir, que puedo entender la homofobia, pero no veo manera posible de respetarla.

Lo que es diferente, o nos fascina, o nos asusta. Fotomontaje de Viktor Orbán y Vládimir Putin montando a caballo

Cuando una persona que se siente heterosexual observa a una persona homosexual, ve algo diferente. Hasta aquí bien, es la realidad. Pero cuando una persona heterosexual siente miedo, rechazo, asco… y trata de arrebatarle al homosexual sus derechos, entonces sólo veo miedo.
El miedo, dicho de una manera simplificada, es la sensación que se tiene cuando uno se siente en peligro. El miedo, por ejemplo en una película de terror, es algo que cuando vemos nos hace pensar que nos podría pasar a nosotros. Entonces nuestro mecanismo de defensa es el que es.

¿Qué miedo puede tener un hombre heterosexual cuando ve una relación homosexual? ¿Miedo a la felicidad ajena? ¿Miedo a que el planeta entero se vuelva homo y él se quede fuera? Para mi, el único miedo que tiene es el que le produce la empatía.

La empatía de Viktor Orbán hacia los homosexuales, no está en comprender la situación de aislamiento, que se trata de algo que se siente y no se elige, que no se siente una enfermedad sino una parte más de uno mismo.

Para ser justos, no conozco de dónde proviene exactamente el miedo de este homófobo, pero aplicando los principios de la lógica aristotélica (o simplemente razonando un poco), tiene miedo de algo a que puede haber sentido en su vida y que le han hecho sentir que está mal.
Parto del principio de que cuando una persona se siente segura sobre su sexualidad, no se siente amenazada. Entonces, respetar a los demás le resulta naturalmente fácil.

¿Estoy diciendo que el primer ministro homófobo es maricón perdido? Pues no, no lo creo. Aunque el caso de su compañero de partido József Szájer fuera especialmente llamativo. Este otro señor homófobo, representante de Hungría en la Unión Europea, fue pillado en medio de una orgía gay en pleno momento de confinamiento de la pandemia.

Pero sí que creo que la atracción, el deseo sexual, y nuestra orientación sexual son cosas bastante distintas. Muchos de esos que van de «por detrás ni el rumor del viento», pueden haber tenido más de una erección inesperada en un momento dado. Esos mismos que disfrutan del porno lésbico y les parece menos malo que lo otro. Aunque haya que aclarar que las lesbianas son las que peor paradas salen de todo esto. Además de rechazadas, cosificadas.

La ninguna gestión de los impulsos sexuales de primeros ministros de Hungría y otros homófobos de turno, no puede regular las libertades de los demás. Esto, que quede claro, no entiende ni de derechas ni de izquierdas, ni de religiosos ni de laicos.

Esto va, simple y llanamente, de miedo.

[Veinticuatro de junio de dos mil veintiuno]

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