Café, café

Recuerdo, cuando tenía veinti-recientes años, que estando en Estados Unidos me sorprendió el hecho de que la gente tomaba el café en grandes vasos de cartón. Lo hacían andando por la calle con semblante serio, y un paso ligeramente acelerado. Salían de una especie de “fast-coffee shops” que vendían el café como si fuera agua (sucia). + Más información

“Good night Ginger”

Con varias capas de abrigo salí a la calle. Era tarde, pero necesitaba hablar con alguien sobre aquél problema que me estaba quitando el sueño. Sabía que llegaría de regreso más tarde aún, pero lo necesitaba.

Llegué acalorado hasta su edificio. Me detuve frente a la puerta y comprobé la dirección en el móvil. Sí, aquella era la dirección correcta. Él llevaba poco tiempo en la ciudad y era, sin duda, el tipo de confidente que necesitaba. No quería los consejos de “deberías haber hecho así”, con él tendría un punto de vista diferente al de mis amigos de toda la vida. + Más información

¿Por qué duele el amor?

Duele porque se desliza entre tus pensamientos, araña tu piel, quiebra tus rotulas y te postra ante lo estúpido.
Duele porque se escurre entre tus dedos, se incrusta bajo tus uñas, cae sobre tus pies, y te pega al suelo.
Duele porque se escapa por la puerta, suena a portazo cuando hace horas que ya se ha ido, y te atrapa dentro de tus propios errores.
Duele porque te hace divino, te torna todopoderoso, te convierte a su religión y te condena a lo humano.
Amigos, por eso duele el amor, sólo y únicamente por eso.

La Sabiduría popular en Twitter dice: “#SanValentín, como el día de Navidad, consta de animales con cuernos cargando regalos”

Te amo hasta tal punto… que no sé cuanto seré capaz de odiarte

“Hacía frío a esas horas de la mañana. La noche había sido un desastre y ambos regresábamos apestando a tabaco, con dolor en los pies, y dolor en el corazón. Durante varias horas habíamos evitado el tema, pero esa rabia que contenía desde las seis de la tarde salió de mi como un chorro de ira en su cara.”

Me había vestido con desgana, de hecho me maquillé un par de veces porque la primera vez no me vi guapa, la segunda me vi “pepona”, y la tercera sirvió para intentar reparar el desastre y hacerle esperar en la puerta. Premeditadamente le odié desde las 6 de la tarde.

Cuando estábamos en el ascensor me tiré un pedo, sí, lo hice pensando en desagradarle, pero aquello le hizo una gracia infinita y se rió de mi. Antes de que hubiéramos bajado un sólo piso más él se tiró otro pedo y dijo: “estamos en paz”.

Las flatulencias controladas fueron una distensión entre nosotros y hasta la hora de la cena el cariño entre los dos fue retomando su protagonismo. No llegamos a pedir el postre sin empezar de nuevo con las carcajadas y las bromas.

Algo más excitada acaricié el dorso de su mano, me entretuve con sus nudillos, las venas, y disimuladamente masturbé su dedo meñique mientras le miraba con ojos de traviesa. Él me miró preocupado y ladeó la cabeza mientras miraba hacia su entrepierna. Entendí que algo pasaba por allí abajo. Me sentí orgullosa de mi magnetismo con él.

Pero en la discoteca la cosa se torció, y noté cómo cualquier otra cosa podía ser más excitante que yo: ir a pedir a la barra, acercarse a saludar a Mario, socorrer a una guarra que se había quedado tirada en el parking sin sus amigas, cargar con la guarra toda la noche, bailar con las dos…

Ese era él, un buen hombre, con un buen rabo, mejores intenciones, y peores usos de todo lo anterior.

Al final llegó Mario, se lió con la guarra y se fueron. Mi momento de clímax se fue a tomar por culo cuando el muy capullo me dijo: “es maja, podríais ser amigas”.

Mi mente es muy perversa y la respuesta que le di fue: “sí, se la presentaré a tu puta madre”. Obviamente él cambió su expresión risueña y la reemplazó por una mueca que significaba “te sonrió porque aunque me jode prefiero que te jodas tú más”.

Le devolví una cara de asco y le di mi bebida. Fui al baño sin mirarle, deseando que sus ojos estuvieran clavados en mi culo, y por eso traté de levantarlo y caminar lo más sensual que pude. Cuando entré en el baño y estaba fuera de su alcance pensé que andé como una idiota.

En el baño una tía me vendió no se qué mierda, pero a mi lo de esnifar no me va nada, así que le pregunté si tenía alguna cosa más. La tía me dijo que esa noche no, pero que trataría de conseguir algo si le adelantaba 20 talegos. Dude un rato, pero preferí no darle dinero.

Cuando salí, él ya no estaba. Así que empecé a caminar hacia la puerta, era hora de retirarme. Me había comportado como una imbécil.

El camino a casa se estaba haciendo más largo de lo normal. Tenía frío, los tacones me molestaban, y en mi bolso se había abierto un bote de aceite de masaje que había cogido por si la noche acababa en positivo, pero que me imposibilitó tomar un pañuelo para secarme los ojos. El rimmel ya me llegaba hasta los labios y escupía su desagradable saber con ninguna elegancia.

Pasé por al lado de una churrería, y el olor a churros me abrió el apetito. En cuestión de segundos se me cerró el estómago y seguí caminando, pero me quedé pensativa mirando al churrero que vendía a las cinco de la mañana, sólo, en mitad del puerto. Pensé en su novia, o su mujer, o su novio, o lo que tuviera caliente esperándole en la cama. Sí, hacía frío a esas horas.

Apareció de la nada una sombra que caminaba directa hacia mi. Achiné los ojos para enfocar mejor la vista, y más bien tarde reconocí que él me había encontrado. Fríamente seguí caminando y él se incorporó a mi lado.

Andamos en silencio, sin tan siquiera sincronizar el paso. Hacía frío a esas horas de la mañana. La noche había sido un desastre y ambos regresábamos apestando a tabaco, con dolor en los pies, y dolor en el corazón. Durante varias horas habíamos evitado el tema, pero esa rabia que contenía desde las seis de la tarde salió de mi como un chorro de ira en su cara.

Puso sus manos sobre mis hombros y me miró con firmeza mientras yo lloraba, criticaba, y lamentaba su comportamiento. No le dejé hablar… y él me dejó de mirar. Caminó en sentido contrario, y escuché sus pasos alejarse. Yo ni tan siquiera me volví.

Sólo andé unos 10 minutos cuando el olor a churros volvió a motivarme, pero la churrería ya había quedado lejos, así que me volví.

Tras mi espalda, con una rodilla clavada en el suelo, y una sonrisa brillante en la cara, se encontraba él. Una mano sujetaba su corazón, y la otra un ramo de churros que humeaban todavía.

Le odiaba, y sellé nuestro odio con un odioso beso.

La habitación de ciertopelo (I)

El decapante había logrado sacar todo el adhesivo que quedaba en la pared de aquella habitación. El olor a químicos le revolvía el estómago, pero aunque podría haber vomitado hasta el último de sus jugos, la ausencia de alimento en varias horas le había salvaguardado de tan incómodo momento.

La ventana estaba cerrada, no había apenas ventilación que pudiera darle algo de aire fresco. Pensó que sellar la ventana con cola y cubrir los cristales con pintura negra, había sido demasiado precipitado.
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Querida Rose, querida Eva, querida amiga

Querida amiga:

Me encontraba ayer tomando un café… bueno, llevaba menta, y hielo, y algo parecido a tabasco pero que no lo es, también llevaba pajita, y mucho hielo. Creo que no llevaba café, lo digo porque no vi la cucharita…

¿Por dónde íbamos? ¡Ah sí! Estaba ayer tomándome algo con una amiga con la excusa de despedirnos por Navidad. Ella tomaba mi mano izquierda entre sus dos manos y aunque sé que me miraba fijamente, con la cabeza ladeada, buscando mi mirada, yo escondía la mía en un posa-vasos roñoso.

Me llegó tu triste mensaje. Tenía dos paréntesis hacia abajo en el smiley, lo cual quiere decir que estabas muy muy triste. Quise responderte en ese momento, pero pensé que ninguna de mis palabras podrían servirte de consuelo en ese instante. Por eso, sólo por eso, escribo esta carta. Quiero que, querida Eva, hoy sonrías, que hoy empieces a ser feliz. + Más información

Un pastel que se decubrió solo

Aquella tarde estuve demasiado tiempo tratando de no pensar en cual sería tu respuesta para la pregunta que te hice en la mañana: “No me respondas ahora, hazlo más tarde, cuando te lo hayas pensado”.

Estaba lavando los platos y cacerolas que había usado para cocinar. La cena estaba casi lista y, aunque el frío del agua me estaba dando ganas de mear, el olor del “casi listo” me impidió abandonar aquella obligación auto-impuesta.

Miré un par de veces el reloj del móvil, intentaba en aquel momento darme prisa para que tu respuesta, fuera la que fuera, no me pillase desprevenida.

Levanté un momento la mirada por la ventana de la cocina, me di cuenta de que se había hecho ya muy tarde, el cielo se había oscurecido. Tal vez debería sacar el pastel del horno.

El chocolate no se había quemado, la consistencia aún parecía demasiado “poco hecha”, pero pensé que era mejor que mantuviera el buen sabor a que se carbonizase demasiado por esperar.

Esperar es algo que se me da muy mal, pero prometo que contigo es lo primero que pensé en hacer. Aparcar mi impulsividad, dejar mi apasionamiento estacionado en segunda fila, y descender para pasear a tu lado hasta el momento que me dijeras algo más.

Debo confesar que los ingredientes de mi receta fueron estudiados con sumo detalle. Primero quise no hacerme demasiado la interesada, y luego quise que mi detalle contigo no pareciera intencionado. Cuando aquél día nos mirábamos tan cerca creo que pude ver algo en el fondo de tus ojos. Pero me mantuve cerca.

La única noche que pudimos tener juntos, digo la única porque aún no hemos podido volver a repetirlo, temblaba como una ingenua, como una primeriza, como una zorra que por una vez en mucho tiempo consigue el queso que se le escapó al cuervo.

“Tengo miedo a enamorarme”. Son las palabras más crueles que me podrías haber dicho. Mientras tú me castigabas impidiendo que dijera “cuánto me gustas”. Pero la vida es demasiado sencilla como para que yo la complique sola.

Cuando conseguí una respuesta tuya el pastel ya se estaba enfriando sobre la mesa de la cocina. El olor a chocolate era intenso. Tenía una tentación tan grande a comerlo que pensaba que no podría esperar ni un minuto más.

Cuando miré el teléfono y me dijiste: “esta noche tampoco”,  pensé en que las cosas no iban a ser como me hubieran gustado. Y cuando me dijiste que necesitabas más tiempo, que querías que fuéramos amigos, que querías amigos y sexo… el chocolate se me atravesó en la pituitaria y el estómago se me cerró en banda.

El hombre que no podía amar (4)

Rapsodia 7. (precedida de Rapsodia 5)

Había estado durante horas monitorizando las expresiones de mi cuerpo. Algunas frente al espejo, otras tantas delante del ordenador.
 No sabía bien como podría reaccionar ante el encuentro, por una parte la conversación telefónica había denotado interés por su parte, por la otra me transmitió una importancia exagerada para una simple cita. 
La palabra cita remordió en mis quehaceres durante el tiempo en el cual me preparaba.

Por una parte no quería darle nombre, por otra existía un deseo que no pude alcanzar a entender.

 Preparé mis mejores ropas, aquellas que en la maleta habían sufrido menos vaivenes del tren, y sobre la cama, intenté combinarlas para que pareciera atractivo y natural. Si fuera disfrazado a aquella cita no iba a dejarle ver en qué me había convertido.
¿Recordaría aquel mal-nombre que me dieron en la escuela?


Observé el reloj, tictaba de una forma irregular, mi percepción me decía que iba a una velocidad mayor de la que posiblemente debería. Ya era casi la hora y no me quedaba tabaco.


Me vestí y salí corriendo, era hora de ir a por más.

– – –


El Hombre que no podía amar y la mujer que mató a Darwin es la última novela de Robert Barber.

Las relaciones afectivas pueden engendrar vínculos más allá del tiempo y del espacio. A través de dos personajes completamente diferentes como son una doctora adicta al trabajo y de un huraño escritor recluido en una ermita, nos adentramos en las obsesiones del Ser Humano.

Ella está dedicada a la medicina decide quedarse embarazada a una muy avanzada edad sometiéndose a El Proceso. Él quien escribe en la soledad desde hace 50 años recibe una extraña visita de alguien a quien conoce, pero que no recuerda.

Estas rapsodias forman parte de la introducción a la historia.

El hombre que no podía amar (3)

Rapsodia 7. (precedida de Rapsodia 5)

Había estado durante horas monitorizando las expresiones de mi cuerpo. Algunas frente al espejo, otras tantas delante del ordenador. 
No sabía bien como podría reaccionar ante el encuentro, por una parte la conversación telefónica había denotado interés por su parte, por la otra me transmitió una importancia exagerada para una simple cita.

La palabra cita remordió en mis quehaceres durante el tiempo en el cual me preparaba. Por una parte no quería darle nombre, por otra existía un deseo que no pude alcanzar a entender.

 Preparé mis mejores ropas, aquellas que en la maleta habían sufrido menos vaivenes del tren, y sobre la cama, intenté combinarlas para que pareciera atractivo y natural. Si fuera disfrazado a aquella cita no iba a dejarle ver en qué me había convertido.


¿Recordaría aquel mal-nombre que me dieron en la escuela?
 Observé el reloj, tictaba de una forma irregular, mi percepción me decía que iba a una velocidad mayor de la que posiblemente debería. Ya era casi la hora y no me quedaba tabaco.
Me vestí y salí corriendo, era hora de ir a por más.

– – –


El Hombre que no podía amar y la mujer que mató a Darwin es la última novela de Robert Barber.

Las relaciones afectivas pueden engendrar vínculos más allá del tiempo y del espacio. A través de dos personajes completamente diferentes como son una doctora adicta al trabajo y de un huraño escritor recluido en una ermita, nos adentramos en las obsesiones del Ser Humano.

Ella está dedicada a la medicina decide quedarse embarazada a una muy avanzada edad sometiéndose a El Proceso. Él quien escribe en la soledad desde hace 50 años recibe una extraña visita de alguien a quien conoce, pero que no recuerda.

Estas rapsodias forman parte de la introducción a la historia.

El hombre que no podía amar (3)

Rapsodia 5. (precedida de Rapsodia 3)

Ya disfrazado de la persona normal en la que me había convertido bajé por la calle aprisionando el paquete de tabaco, estrangulando de forma hipotética los cigarros que allí se contenían.

¿Habría suerte? ¿Sería un capullo o sería cualquier otro tipo de flor?

Caminé asfixiando mi dosis de nicotina mientras me parecía que alguien me llamaba, y yo dentro de mis pensamientos seguí caminando sin querer salir de ellos.



Llegué al punto de encuentro y una mano pesada aterrizó en mi espalda con la suavidad de una corteza de pino, giré mi cabeza para observar a aquel individuo.



– Creo que te equivocas. – Espeté.

Y tras unas cuantas explicaciones insulsas de cómo nos habíamos conocido en un pasado que yo casi había olvidado, le estreché la mano de forma distante.

Observé hacia el punto de encuentro y Ahí estaba él, con una mirada entre perpleja y alegre, y con una sonrisa entrecortada, comedida posiblemente por los nervios. Estaba endemoniadamente guapo, lo encontré tan enternecedor que la brusquedad con la que me estaba despidiendo de aquel engendro me hizo mirarle por un momento a los ojos y le reconocí.
 Situé al nosferatu en mi pasado con unos años menos, unos kilos menos, y un poco más de todo lo demás, por ejemplo pelo.



Una vez despedida la molesta casualidad, me acerqué hasta él, le mire a los ojos y subí al coche.

 Nuevos recuerdos llegaron a mi mente, y de cierta manera se acababa de abrir mi propia Caja de Pandora, esta vez llena de adolescencias.
 Arrancó el coche y sin saber dónde meter mis brazos sólo pude cruzarlos al tiempo que escondía los pitillos en el bolso.



– Preferiría que no nos vieran juntos, no sé si lo comprenderás. – Me dijo de una forma humilde. En otra ocasión me hubiera bastado para ofenderme, saltar del coche o hacerle el haraquiri con el cambio de marchas.

Me sentí en ese momento muy mal. Él sentía lo mismo que yo respecto al engendro. Se avergonzaba de mi y el karma me lo había demostrado con una diferencia de menos de un minuto. Fue muy aleccionador.

Entramos en un restaurante de comida rápida y subí al coche de nuevo con nuestro menú de presentación de los recuerdos.

Arrancó de nuevo el coche y nos dirigimos a la vieja casa de campo de mis padres.

– – –


El Hombre que no podía amar y la mujer que mató a Darwin es la última novela de Robert Barber.

Las relaciones afectivas pueden engendrar vínculos más allá del tiempo y del espacio. A través de dos personajes completamente diferentes como son una doctora adicta al trabajo y de un huraño escritor recluido en una ermita, nos adentramos en las obsesiones del Ser Humano.

Ella está dedicada a la medicina decide quedarse embarazada a una muy avanzada edad sometiéndose a El Proceso. Él quien escribe en la soledad desde hace 50 años recibe una extraña visita de alguien a quien conoce, pero que no recuerda.

Estas rapsodias forman parte de la introducción a la historia.

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